Cuando se apagan los focos y ya no hay un público al que hacer reír
He coincidido con Sr. Corrales en distintos momentos de mi trayectoria profesional y he tenido la oportunidad de contar con él en algunos de nuestros eventos. Siempre lo recuerdo de una manera muy parecida: profesional, cercano, rápido de reflejos y, sobre todo, con una sonrisa preparada para aparecer en el momento oportuno.
Esta vez, sin embargo, no quiero entrevistar al humorista, al conferenciante, al formador, al presentador ni al maestro de ceremonias. Tampoco al profesional acostumbrado a ponerse delante de salas y auditorios y enfrentarse a algo tan difícil como conseguir que cientos de personas escuchen, participen y, además, se rían.
Por Juanjo Oliván · Sinergia Skål
Quiero conocer a la persona cuando se apagan los focos.
Al pequeño de una familia de diez hermanos que soñaba con hacer reír; al hombre que ha convertido una corbata sin anudar en parte de su identidad; al profesional que se toma muy en serio algo aparentemente tan espontáneo como el humor y, especialmente, a alguien que ha dedicado buena parte de su vida a provocar en los demás una de las expresiones más universales que existen: una sonrisa.
En Sinergia Skål conversamos con Sr. Corrales sobre sus orígenes, sus miedos, la exigencia, la vulnerabilidad, los silencios, los errores y todo aquello que normalmente queda fuera del escenario. Y llegamos, inevitablemente, a la pregunta que mejor resume esta conversación: ¿quién es Corrales cuando nadie espera que sea divertido?
Has dedicado buena parte de tu vida profesional a hacer sonreír a los demás. Pero empecemos justo al revés: ¿qué hace reír de verdad a Corrales cuando no está trabajando?
Me hace reír la espontaneidad de la vida cotidiana, las ocurrencias inesperadas y encontrar el absurdo en las pequeñas rutinas. Al final, el humor está en todas partes si uno sabe mirar con los ojos bien abiertos.
Y os confieso una cosa: me río mucho de mí mismo. Dicen que quien es capaz de admitir un error con una sonrisa suele ser, además, una persona inteligente.
Eres el pequeño de diez hermanos y has contado que de niño ya jugabas a actuar delante de tu familia. ¿Qué queda hoy de aquel niño y cuánto de lo que eres comenzó realmente en aquella casa?
Queda casi todo, la verdad. En mi casa éramos tan pobres que en vez de gusanos de seda teníamos gusanos de pana.
De aquel niño queda exactamente la misma ilusión por captar la atención (siendo el pequeño de diez, o aprendes a hacerte notar o desapareces entre plato y plato), jugar con las palabras (mi familia era el jurado más difícil de contentar que existe) y buscar la complicidad de los demás a través de una sonrisa.
Mi casa fue mi primer escenario y mi mejor escuela. Aprendí que para hacer reír a diez hay que saber “leer” a diez personas distintas a la vez. Sin saberlo, ya estaba entrenando lo que hoy hago delante de quinientas.
¿Recuerdas el primer momento en el que descubriste que hacer reír podía ser algo más que una diversión y convertirse en una manera de comunicarte con los demás?
Más que un día exacto, fue un proceso natural.
Cuando descubres que una carcajada desarma cualquier tensión y crea un puente invisible entre las personas, entiendes que el humor no es solo entretenimiento, es la mejor herramienta de comunicación. Consigues atención, cercanía y confianza.
El humor no es solo para cuando todo va bien, es más útil todavía cuando las cosas van mal. El humor tiene una capacidad extraordinaria para generar emociones positivas.
Soy de los que pienso que la risa es el camino más corto entre las personas.
Todos conocemos al Sr. Corrales del escenario. ¿Dónde termina ese personaje y empieza la persona? ¿Existe realmente una frontera entre los dos?
La frontera es muy difusa, existe, aunque cada vez más fina, lo reconozco.
El Sr. Corrales es una versión concentrada con la corbata sin anudar de mí: más rápido, más enérgico, más intenso, sin los silencios ni las dudas que sí tiene “Corrales a secas” cuando llega a casa. Fuera del escenario sigo buscando la sonrisa en el trato corto, aunque a veces toque ponerse serio y apagar el volumen.
Nunca he querido construir un personaje distinto a quien soy.
La auténtica frontera está en la intimidad. Sobre un escenario nunca estoy realmente solo, siempre hay alguien esperando algo de mí. En mi casa sigo siendo una persona curiosa, observadora, bastante trabajadora y muuucho más tranquila de lo que la gente imagina.
El Sr. Corrales no nace cuando se encienden los focos. Simplemente se ilumina un poco más.
Hay algo que te acompaña desde hace años y que se ha convertido casi en una firma: esa corbata que nunca termina de anudarse. ¿Qué significa para ti y cuánto hay de Corrales en ese pequeño gesto de rebeldía?
Es mi absoluta seña de identidad. Me tomo muy en serio mi trabajo, pero procuro no tomarme demasiado en serio a mí mismo.
Llevo más de veinticuatro años sin hacerme el nudo. Esa corbata desabrochada representa la elegancia combinada con la cercanía, la ruptura de lo encorsetado y el recordatorio constante de que no debemos tomarnos las cosas siempre con tanta rigidez solemne.
Es un gesto pequeño, pero lo llevo con la misma disciplina que un lema. Mi corbata me recuerda, antes de salir a cada escenario, que la autenticidad pesa más que la perfección. Un nudo perfecto no me haría mejor profesional; una corbata sin anudar, cada día, me recuerda quién soy antes de dejar de serlo un rato para convertirme en el Sr. Corrales.
Quienes hemos trabajado contigo sabemos que detrás de la aparente espontaneidad existe muchísimo oficio. ¿Eres más exigente contigo mismo de lo que percibe el público?
¡Muchísimo! Como suelo decir, la mejor improvisación es la más ensayada.
La gente ve dos minutos de improvisación y piensa que ha salido así, por las buenas. Detrás de cada minuto fluido en el escenario hay horas de preparación, de estudio del briefing del cliente, de personalización del guión, de ensayo y más ensayos, de ajustes de última hora y de respeto absoluto al público y al equipo técnico.
Soy bastante duro conmigo mismo: si una broma no funciona como esperaba, no me consuelo pensando que el público estaba flojo o frío. Me pregunto qué he hecho mal yo. Esa autoexigencia no se ve desde la butaca, pero es la que sostiene todo lo demás.
La espontaneidad profesional no nace de la casualidad. Nace del trabajo.
¿Qué pasa por tu cabeza cinco minutos antes de salir a un escenario? Después de tantos años, ¿siguen existiendo los nervios, la incertidumbre o incluso el miedo a que esta vez la conexión con el público no aparezca?
Las mariposas, SIEMPRE están ahí, y benditas sean, porque significan que te importa lo que haces. Los nervios son una señal de respeto.
Es esa chispa de adrenalina previa que te mantiene alerta. Pero en cuanto cruzas la línea de luces, la experiencia y las ganas de conectar toman el mando.
Cinco minutos antes hago dos cosas: repaso mentalmente las primeras frases, porque los primeros treinta segundos marcan la conexión con la sala, y respiro.
Justo antes de salir pienso en una única cosa: conectar.
No en hacerlo perfecto. No en hacer reír mucho. Solo pienso en CONECTAR. Porque cuando aparece esa conexión, ¡ya está!
El humor exige observar muchísimo a las personas. Después de tantos escenarios, empresas, convenciones y públicos diferentes, ¿qué has aprendido sobre nosotros? ¿Nos parecemos más de lo que creemos?
Nos parecemos muchísimo. Cambia el sector, cambian los cargos, cambia el vestuario, cambia el acento, pero todos necesitamos sentirnos valorados, romper el hielo y respirar un poco de humanidad en medio de agendas imposibles. La risa es universal.
He trabajado delante de Ministros/as y de comerciales de automoción, de directivos del IBEX 35 y de PYMEs de barrio, y si les haces reír, se ríen.
Lo que he aprendido es que reímos de manera distinta según el momento del día o incluso el espacio en el que nos encontramos o el sitio donde nos sentamos.
Lo que tengo claro es que todos, absolutamente todos, necesitamos reír más.
Con el paso de los años he descubierto algo que sigo defendiendo: las personas olvidan lo que les dices, pero jamás se les olvida cómo les haces sentir.
Vivimos una época en la que cualquier frase puede ser interpretada fuera de contexto y en la que los límites del humor se discuten constantemente. ¿Te sientes hoy menos libre sobre un escenario que hace veinte años? ¿Dónde sitúas tú el límite?
No me siento menos libre porque siempre me he movido en el terreno del humor blanco y corporativo.
Llevo casi tres décadas dedicándome al humor y tengo claro que si no te metes en charcos (política, religión, monarquía, sexo, escatología), no utilizas lenguaje soez ni buscas el chiste fácil ofensivo, el margen para divertir y crear orgullo de pertenencia es amplísimo.
El límite lo pongo yo antes de que me lo pongan otros: si un chiste necesita hacer daño a alguien para funcionar, no es un buen chiste, es pereza disfrazada de ingenio. La línea es delgada, sí, pero la mejor manera de no cruzarla es no acercarse a ella jugando con fuego.
Mi objetivo no es incomodar.
Mi objetivo es unir. E intentar hacer reír.
Para mí el límite está en el respeto.
Quiero entrar en un terreno más personal. Quien vive profesionalmente asociado a la sonrisa también tiene días malos. ¿Has sentido alguna vez la obligación de ser divertido o de sonreír precisamente cuando menos te apetecía hacerlo?
Claro que sí, soy humano. Hay días complicados, preocupaciones y momentos difíciles. He subido a escenarios con un “peso encima” que nadie se podía imaginar ese día.
Ahí es donde el oficio se convierte en escudo: el respeto a quienes han preparado el evento, el compromiso con el público es sagrado, y la energía que te devuelven cuando empiezan a sonreír actúan como un motor increíble. Sea cual sea mi estado, cuando se encienden las luces, ese público merece lo mejor de mí.
¿El humor ha sido alguna vez también una forma de protegerte? ¿Es más fácil provocar una carcajada que enseñar determinadas vulnerabilidades?
Sin duda, mucho más fácil. La risa es un escudo magnífico y un puente excelente.
Un chiste bien puesto en el momento justo puede desviar la conversación de un tema incómodo con una eficacia que ya la quisieran muchos escudos. A veces es mejor sacar la gracia antes que la vulnerabilidad.
Con el tiempo he aprendido que el humor y la vulnerabilidad no están enfrentados, pueden ir de la mano. De hecho, algunos de los momentos en los que más he conectado con un público han sido cuando, detrás del chiste, se ha colado algo real de verdad. Ahí ya no solo se ríen contigo, se identifican contigo.
Cuando estás acostumbrado a que los demás esperen algo de ti en cuanto llegas a una reunión o a una mesa, ¿resulta difícil permitirte simplemente estar callado? ¿Disfrutas del silencio?
¡Disfruto muchísimo del silencio! De hecho, en los eventos he aprendido a valorar profundamente el poder de un silencio bien provocado.
Al principio de mi carrera me costaba mucho, sentía que si no aportaba una gracia en los primeros tres minutos, estaba defraudando. Con los años he aprendido a disfrutar del silencio, y no solo lo disfruto: lo utilizo.
Observar es una parte enorme de mi trabajo. Y para observar hay que callar.
Hay silencios muy incómodos, pero también hay silencios extraordinariamente inteligentes.
Fuera del escenario, me encanta escuchar, observar y, de vez en cuando, disfrutar de la tranquilidad, del silencio.
¿Sabéis un paraje dónde disfruté del silencio? En la Ribeira Sacra. ¡ESPECTACULAR!
Has vivido muchísimas situaciones profesionales, algunas extraordinarias y seguramente otras que preferirías olvidar. ¿Qué fracaso, equivocación o momento complicado te ha enseñado más que cualquiera de tus éxitos?
Los grandes aprendizajes casi nunca vienen del aplauso, vienen del silencio incómodo tras un chiste que no funciona, imprevistos técnicos (fallos de sonido, un corte de luz justo cuando iba a hablar el director general…), ahí es donde se demuestra si de verdad tienes oficio o solo tenías un guion. Esos sustos, con el tiempo, se convierten en tus mejores maestros.
Aprendes que el público no busca la perfección robótica, sino autenticidad y capacidad de reacción.
He tenido noches en las que el público era distinto a lo que me habían contado en el briefing, y ahí aprendí una lección que repito siempre: nunca subestimes la preparación previa ni la importancia de escuchar bien al cliente antes de escribir una sola línea.
Los éxitos te alegran. Los errores te educan.

¿Qué te emociona hoy? No necesariamente sobre un escenario: hablo de esas cosas capaces de tocar a la persona que hay detrás del personaje.
Me emociona la gente sencilla que hace bien las cosas sin buscar reconocimiento. Me emociona este regalo, este milagro que llamamos vida. Y me emociona muchísimo la sinceridad: cuando alguien se atreve a decir la verdad en lugar de lo esperado, en un mundo donde muchas veces se prefiere quedar bien antes que ser honesto.
Me emociona la familia, la amistad, los alumnos que años después te escriben para agradecerte una formación, me emocionan profundamente los clientes que vuelven y repiten, frases de gente que te dice «aquel día me ayudaste más de lo que imaginas», «hacía tiempo que no me reía tanto…»
Y sí, también me sigue emocionando, después de tantos años, el instante justo antes de que una sala entera se ría a la vez. Es una sensación realmente ¡ESPECTACULAR!
Después de tantos años trabajando para empresas y rodeado de directivos y profesionales, ¿ha cambiado tu concepto del éxito? ¿Qué significa hoy para ti que las cosas te vayan bien?
Ha cambiado bastante. Antes el éxito era llenar la agenda, encadenar eventos, que te llamaran de las grandes marcas. Ahora sigo agradeciendo cada uno de esos proyectos, pero el éxito de verdad lo mido de otra manera: en si al terminar un evento he dejado huella de verdad, no solo risas de un rato.
Que alguien te diga meses después que aquel evento le cambió el día o mejoró la convivencia en su equipo, eso es verdadero éxito para mí.
Hay una palabra muy vinculada a Skål: amistad. En un mundo profesional donde conocemos a miles de personas, ¿cómo distingues con el tiempo a un contacto, un compañero y un amigo de verdad?
El tiempo suele encargarse de responder esa pregunta.
El contacto es alguien con quien intercambias tarjeta y una sonrisa de circunstancias; el compañero comparte contigo el evento y las horas de vuelo; pero el amigo de verdad es el que está cuando se apagan los focos, cuando no hay aplausos, y con el que puedes compartir un silencio cómodo.
En el sector MICE, y en Skål concretamente, he tenido la suerte de que algunos contactos profesionales se han convertido, con los años, en amistades reales. Se nota porque dejan de preguntarte por tu agenda y empiezan a preguntarte cómo estás tú.
Si pudieras sentarte hoy frente a aquel niño que se divertía haciendo reír a su familia, ¿crees que estaría satisfecho con la persona en la que te has convertido? ¿Qué le dirías?
Espero que no solo se sintiera satisfecho con la persona en la que me he convertido, sino orgulloso.
Le diría: ¡disfruta! Lo que viene es ¡ESPECTACULAR!

Le diría que no pierda nunca la curiosidad ni las ganas de hacer sonreír a los demás. Y que trabaje por tratar de hacer que la gente se sienta mejor cuando se vaya que cuando llegó.
Le diría también que no tenga miedo a tomarse en serio algo tan aparentemente ligero como el humor, porque ahí, precisamente ahí, está el secreto. Y que se guarde esa manía de la corbata desabrochada, que con los años le va a dar mucho juego… e incluso un “MICRÓFONO de ORO”.
Y probablemente también le diría que no se preocupe tanto. Aunque sospecho que, como todos los niños, tampoco me haría mucho caso.
Sé que eres muy lector… ¿un libro que te haya cambiado la vida?
El de familia.
Una última pregunta: cuando termina un evento, se apagan las luces, te quitas la corbata – aunque nunca haya terminado de estar anudada – y ya no queda nadie esperando una broma… ¿quién es realmente Sr. Corrales?
Sencillamente, una persona normal: Corrales. Sin el «Sr.», sin el personaje, sin la corbata, que disfruta de su gente, sin la responsabilidad de sostener la sonrisa de trescientas personas. Queda un tipo con sus dudas, sus silencios y… sus ganas de llegar a casa.
Y ahí, sin escenario ni público, sigo pensando que el humor es la mejor herramienta de comunicación que existe, que al final la verdad es el mejor de los chistes, que siempre lo mejor está por llegar, que una sonrisa sigue siendo la distancia más corta entre dos personas y una de las formas más elegantes de mejorar un día. Ya lo decía Chaplin: un día sin sonrisa es un día perdido.