Cincuenta años de música, una vida ligada al turismo y una nueva forma de entender lo verdaderamente importante.
Carlos Nieto y Músicos por la Salud protagonizan una historia en la que la música, la solidaridad y el valor de la vida se encuentran. Durante años ambos mundos convivieron entre jornadas de trabajo, ensayos, orquestas, bandas y proyectos que ayudaron a incorporar el ocio a la oferta de las agencias de viajes. Incluso llegaron a encontrarse sobre el mar, cuando tocó con su banda un monográfico de los Beatles durante un crucero.
Pero una estancia hospitalaria cambió el sentido de esa relación con la música. Allí descubrió un cartel de Músicos por la Salud, se presentó a un casting y eligió colaborar como voluntario. Tres años después, aquellas primeras treinta canciones se han convertido en un repertorio de más de mil, aprendido en buena medida escuchando las peticiones de pacientes y residentes. Tras celebrar cincuenta años sobre los escenarios, Carlos decidió dejar las actuaciones convencionales para dedicar su música a hospitales y residencias, además de continuar como director del coro del Centro Gallego de Madrid.
En esta conversación con Sinergia Skål habla de turismo, música, enfermedad, amistad y de algo que hoy coloca por encima de casi todo: el valor de la vida.
Carlos, quienes te conocemos del sector turístico quizá no conocemos esta otra parte de tu vida. ¿Qué apareció primero, el turismo o la música, y cómo han convivido ambos mundos durante todos estos años?
La música apareció primero. Llevo estudiándola desde que tenía diez años. El turismo llegó después, gracias a un profesor de Historia del Arte que me habló de la carrera y me inculcó esa afición. Estoy muy orgulloso de haber trabajado en turismo.
¿Cómo han convivido? Sacando tiempo. Ya sabes que nuestro trabajo en turismo absorbía muchísimo, pero yo necesitaba reservar tiempo para los instrumentos. Prácticamente todos los días de mi vida he dedicado un mínimo de una hora u hora y media a tocar y recordar. Después estaban los ensayos con las orquestas y las bandas en las que he participado.
Y alguna vez ambos mundos se encontraron. En Mucho Viaje teníamos el barco Julio Verne y con una de las bandas en las que tocaba hicimos durante un crucero de diez o doce días un monográfico de los Beatles. Fue muy divertido.
Acabas de celebrar cincuenta años sobre los escenarios. ¿Qué significa para ti haber mantenido durante medio siglo esa relación con la música?
Los cincuenta años los celebré el pasado 10 de mayo y decidí retirarme de los escenarios, salvo de dos cosas a las que estoy muy unido: Músicos por la Salud, tocando en hospitales y residencias, y mi labor como director del coro del Centro Gallego de Madrid.
Jamás pensé que estaría tanto tiempo en activo con la música. El arte te ayuda muchísimo y, en mi caso, también ha estado relacionado con mi vida profesional. Los últimos veintitantos años los dediqué a insertar el ocio dentro del mundo de las agencias de viajes: entradas a musicales, parques temáticos y otros productos que entonces prácticamente no existían en ese canal. Hoy el ocio se ha convertido incluso en un destino turístico.

Carlos Nieto y Músicos por la Salud
¿Cómo llegas a Músicos por la Salud y qué te lleva a convertirte en voluntario?
Llegué estando en un hospital. Desgraciadamente he pasado por varias enfermedades: problemas de corazón, un cáncer de riñón y un COVID que me afectó mucho y del que todavía tengo secuelas. Paseando por uno de los pasillos vi un cartel en el que buscaban músicos para Músicos por la Salud. Me apunté, envié vídeos cantando y tocando guitarra, acordeón y piano —el piano es realmente mi instrumento base— e hice el casting.
Me ofrecieron la posibilidad de trabajar por horas o hacerlo como voluntario. Yo lo tenía clarísimo: quería ser voluntario. Ya había trabajado más de cuarenta años en mi profesión.
Y aquello supuso un antes y un después, no solo en la música, sino en mi vida. Aquí he aprendido quizá a vivir, a vivir en paz y a preocuparme por lo que realmente merece la pena: tu familia, tus hijos, tu pareja, las personas cercanas. Colaborar con Músicos por la Salud me llena de paz todos los días.

Cuando comenzaste, ¿cómo te preparaste para tocar ante pacientes y residentes?
Me preparé para poder atender a un público completamente distinto. Hice formación y estudios relacionados con la musicología. En un concierto convencional llevas tu repertorio y lo interpretas; aquí funciona de otra manera.
Empecé con unas treinta canciones y ahora mi repertorio supera las mil. Muchas las he aprendido de los propios residentes y pacientes. A bastantes los veo todas las semanas y ellos mismos me van pidiendo nuevas canciones. Yo las preparo y, con mucho gusto, las incorporo.
Has tocado ante muchos públicos. ¿Qué cambia cuando el escenario es un hospital o una residencia?
Cambia todo. El primer día que puse un pie en un hospital me di cuenta de que las bandas y orquestas en las que había tocado no tenían para mí el mismo valor que poder hacerlo en estos lugares. No significa que aquello no hubiera sido importante, pero esto tiene otra dimensión.
Por eso, cuando cumplí cincuenta años sobre los escenarios, decidí dejar las actuaciones convencionales y dedicarme plenamente a los hospitales y las residencias.
Después de tantos años trabajando con personas en el turismo, ¿qué has descubierto sobre las personas tocando para ellas en un hospital o una residencia?
La diferencia está en el valor de la vida. Cuando estás en plena actividad comercial, el negocio y la economía ocupan muchas veces el primer lugar. Aquí el valor está en la vida.
Puedes cantar una canción para dos personas o para veinte y ser feliz haciéndolo. Ellos son felices en ese momento y yo soy muy feliz cantándoles.
Trabajas en espacios y con pacientes muy diferentes. ¿Hay algo que se repita en todos ellos?
Toco en oncología, diálisis, UCI, geriatría, unidades infantiles, psiquiatría… y hay un denominador común: la paz. Paz y sentirte útil.
Hay personas muy necesitadas y no todo el mundo tiene familia que pueda ir a verle, tanto en una residencia como en un hospital. En ese momento tú puedes convertirte durante un rato en compañía, en cercanía. Te dan la mano, consigues una sonrisa… Incluso alguna persona intubada y parcialmente sedada llega a mover el pie siguiendo el ritmo.
Ahí comprendes el poder de la música. No hablo de sanación en sentido médico, pero sí de mejorar el confort del paciente. Ayuda muchísimo.
Turismo y música parecen mundos diferentes. ¿Crees que uno ha influido en tu manera de trabajar en el otro?
Muchísimo. Una empresa se parece bastante a una orquesta: es imposible que algo funcione o que la música suene bien si los instrumentos están desafinados o si los músicos no siguen el pentagrama.
En mi caso, la música me ha servido para el turismo y para las empresas en las que he trabajado. Me ha ayudado a organizarme. La música es matemática pura y esa disciplina me ha ayudado muchísimo.
Después de cincuenta años de música y una larga trayectoria profesional, ¿qué sigue ilusionándote y qué te queda por hacer?
Sigo muy ilusionado. En la música, como en el turismo, nunca terminas de aprender y todos los días tienes que ponerte al día. Los pacientes y residentes me siguen pidiendo canciones nuevas y yo sigo estudiando.
¿Qué quiero hacer? Continuar con la música y continuar en los lugares donde estoy tocando. ¿Y qué necesito para eso? Salud. Salud.
El COVID me dejó secuelas y también tengo cada vez más problemas con las cuerdas vocales, así que tengo que cuidarme mucho. Cuando la voz no está bien, puedo tocar el piano o llevarme el acordeón, que también gusta muchísimo a los pacientes.
Lo que deseo es tener salud para poder continuar mucho tiempo haciendo esta labor y seguir conservando a los amigos.
Si tuvieras que elegir una canción que represente especialmente esta etapa de tu vida, ¿cuál sería?
Sin duda, «La vida es bella», de la película La vida es bella. Es una canción que llevo muy dentro y que me emociona; alguna vez incluso se me escapa alguna lágrima cuando la interpreto. Los pacientes en los hospitales la agradecen muchísimo.
En las residencias el repertorio es diferente. Durante mucho tiempo predominaban los pasodobles y la música española, canciones vinculadas al recuerdo. Pero están llegando residentes más jóvenes que han escuchado a los Beatles, los Rolling Stones o Eric Clapton, y cada vez me solicitan más ese tipo de música.
«La vida es bella» estaba ya entre aquellas primeras treinta canciones con las que empecé hace tres años. Hoy mi repertorio supera las mil.