El turismo social Imserso 2026-2027 inicia este 1 de octubre una nueva temporada de viajes. Cerca de 880.000 plazas vuelven a poner en marcha uno de los programas de turismo social más importantes de España. Pero cuatro décadas después de su nacimiento, la cuestión ya no es únicamente cuántas plazas se ofrecen o cuánto cuesta viajar. También cabe preguntarse si el modelo está evolucionando al mismo ritmo que las personas mayores que lo utilizan.
Hoy vuelve a ponerse en marcha una maquinaria turística que cada temporada moviliza a cientos de miles de personas y que tiene efectos que van mucho más allá de quienes hacen la maleta.
Los primeros viajeros de la temporada 2026-2027 comienzan sus desplazamientos este 1 de octubre, después de que la comercialización se iniciara el pasado 14 de septiembre. El primer viaje previsto tiene como destino Oropesa.
El Programa de Turismo del Imserso ofrece esta temporada 879.213 plazas para una población acreditada de 4.602.255 personas.
Las cifras permiten entender la dimensión del programa, pero también abren una reflexión más amplia. Porque hablar hoy de turismo social significa hablar de viajes, pero también de envejecimiento activo, relaciones sociales, accesibilidad, desestacionalización, empleo turístico y de un viajero sénior que poco tiene que ver con el de hace varias décadas.
Turismo social Imserso 2026-2027: cerca de 880.000 plazas para una nueva temporada
La oferta vuelve a dividirse en tres grandes modalidades. El turismo de costa peninsular concentra 440.284 plazas, el 50,1 % del total. El turismo de costa insular dispone de 228.142 plazas, un 25,9 %. Y otras 210.787 plazas, el 23,9 %, corresponden al denominado turismo de escapada, donde se incluyen circuitos culturales, turismo de naturaleza, capitales de provincia y viajes a Ceuta y Melilla.
El programa mantiene además algunas medidas incorporadas en la temporada anterior. Entre ellas se encuentran 7.447 plazas a un precio de 50 euros destinadas a pensionistas con menores recursos, así como la posibilidad de viajar con animales de compañía en determinadas modalidades.
Pero probablemente la cuestión más interesante no esté únicamente en las cifras. Está en quién viaja.
El viajero sénior ya no es el mismo

Durante mucho tiempo se ha hablado del turismo de mayores como si se tratara de un colectivo prácticamente homogéneo. Ya no lo es.
Bajo la denominación de viajero sénior conviven hoy personas con edades, situaciones económicas, experiencias viajeras, niveles de autonomía y expectativas completamente diferentes.
Hay viajeros que buscan descanso y seguridad, pero también quienes demandan cultura, gastronomía, naturaleza, experiencias, actividad física o destinos que nunca habían visitado.
Las últimas proyecciones del Instituto Nacional de Estadística sitúan actualmente a las personas de 65 años o más en el 21,1 % de la población española. No estamos, por tanto, ante un segmento turístico marginal. Estamos ante una parte creciente de la sociedad y, en consecuencia, ante uno de los grandes mercados turísticos de las próximas décadas.
Los mayores de 65 años distribuyen además sus viajes de forma más homogénea a lo largo del año. Precisamente esa capacidad para viajar fuera de los periodos de máxima demanda convierte al turismo sénior en un aliado natural de uno de los grandes objetivos del sector: la desestacionalización.
Mucho más que vacaciones a buen precio
Reducir el turismo social a unas vacaciones subvencionadas sería simplificar demasiado el programa.
El propio Imserso define entre sus objetivos fomentar la autonomía de las personas mayores mediante actividades culturales y recreativas, contribuir a mejorar su salud y calidad de vida y favorecer un envejecimiento activo y saludable.
Existe además otra dimensión que ha adquirido una importancia creciente: la soledad no deseada.
Viajar significa cambiar de escenario, pero también relacionarse, compartir experiencias y recuperar espacios de convivencia. Para algunas personas puede ser simplemente una oportunidad para conocer un destino. Para otras puede representar algo bastante más importante: volver a salir, relacionarse y sentirse parte activa de la sociedad.
Ese componente social probablemente sea uno de los mayores valores del programa y, al mismo tiempo, uno de los que menos aparecen cuando cada temporada el debate se concentra en plazas, precios, adjudicaciones y hoteles.
Las agencias siguen teniendo un papel

La digitalización también ha transformado la manera de acceder al programa.
Actualmente las reservas pueden realizarse a través de las plataformas de las empresas adjudicatarias, pero el modelo mantiene la posibilidad de acudir presencialmente a las agencias de viajes colaboradoras.
No es un detalle menor. La tecnología facilita los procesos para muchos usuarios, pero digitalizar no debería significar necesariamente eliminar el acompañamiento personal, especialmente cuando hablamos de un colectivo enormemente diverso en conocimientos y hábitos digitales.
En el turismo social Imserso 2026-2027, la agencia continúa ofreciendo algo difícil de sustituir por una plataforma: asesoramiento, explicación y confianza. El reto probablemente no sea elegir entre tecnología o atención personal, sino conseguir que ambas convivan.
Turismo social y desestacionalización

Existe además otra cara del programa que afecta directamente a la industria turística.
El turismo social nació también como instrumento para contribuir al mantenimiento de la actividad y del empleo durante los meses de menor demanda. Hoteles, agencias de viajes, empresas de transporte, restauración, excursiones y numerosos servicios de los destinos participan directa o indirectamente de esa actividad.
En territorios turísticos especialmente expuestos a la estacionalidad, mantener viajeros durante otoño, invierno y primavera puede significar mantener establecimientos abiertos, conservar puestos de trabajo y sostener servicios que de otro modo tendrían una actividad mucho menor.
Por eso el debate sobre el futuro del Imserso no afecta exclusivamente a las personas mayores. También afecta al modelo turístico.
Y ahí aparece una cuestión que periódicamente genera controversia: cómo conseguir que el programa siga siendo socialmente accesible y, al mismo tiempo, económicamente sostenible para las empresas que participan en él.
Accesibilidad significa también poder viajar
Existe además una dimensión que conecta directamente el turismo social con otro de los grandes retos turísticos: la accesibilidad.
Una población que vive más años necesita destinos preparados para acompañar las distintas etapas de la vida. Eso significa hoteles accesibles, transporte adaptado, información clara, itinerarios adecuados y profesionales capaces de responder ante necesidades diferentes.
Pero también significa algo menos visible: seguridad. Saber antes de viajar qué encontrará una persona en el destino puede marcar la diferencia entre decidir viajar o quedarse en casa.
El turismo sénior y el turismo accesible no son conceptos equivalentes, pero inevitablemente comparten numerosos desafíos.
El turismo sénior va mucho más allá del Imserso
Hay además una cuestión fundamental: no todo el turismo sénior es turismo social.
El viajero mayor de 65 años constituye por sí mismo un mercado turístico cada vez más relevante. Viaja por su cuenta, contrata agencias, utiliza hoteles, realiza circuitos, cruceros y escapadas y dispone, en muchos casos, de algo especialmente valioso para los destinos: flexibilidad para viajar fuera de temporada.
El Imserso representa una parte extraordinariamente importante de esta realidad, pero no toda.
Por eso quizás haya llegado el momento de dejar de observar al viajero sénior exclusivamente desde la edad y empezar a hacerlo desde sus diferentes intereses, capacidades y formas de viajar.
Una persona de 65 años puede tener por delante veinte o treinta años de vida viajera. Y probablemente no quiera hacer el mismo viaje durante todo ese tiempo.
Cuarenta años después, una nueva pregunta
El Programa de Turismo del Imserso ha cumplido cuatro décadas y forma ya parte de la historia turística y social española. Su continuidad demuestra que sigue existiendo una necesidad y una demanda.
Pero precisamente por su importancia merece una reflexión permanente.
Las personas mayores de hoy viajan más, disponen de más información, acumulan mayor experiencia turística y forman un colectivo cada vez más diverso.
El desafío ya no consiste únicamente en mantener un programa que ha demostrado su utilidad. Consiste en preguntarse cómo debe evolucionar para seguir siendo útil durante las próximas décadas.
¿Necesitamos más destinos? ¿Productos más personalizados? ¿Mayor flexibilidad? ¿Una integración más profunda de cultura, gastronomía y naturaleza? ¿Un nuevo equilibrio entre digitalización y atención personal? ¿Y cómo conseguir que viajeros, agencias, hoteles, destinos y administraciones encuentren un modelo sostenible para todos?
Este 1 de octubre comienzan de nuevo los viajes. Pero quizá también sea un buen momento para comenzar otra cosa: una conversación sobre el turismo social que queremos para el futuro.
Desde Sinergia Skål vamos a continuar esa conversación durante las próximas semanas, incorporando la visión de profesionales del turismo, empresas, organizaciones y representantes de las propias personas mayores.
Porque hablar del futuro del turismo social es, en realidad, hablar también del futuro de una sociedad que vive más años y que quiere seguir viajando.
Fuentes
Programa de Turismo del Imserso · Instituto Nacional de Estadística